EMPEZAR DE CERO

Cristina Alvarez. Investigadora.

Nos ponemos en ruta a eso de las seis de la mañana. Las calles ya están llenas de vida a esa hora, y mientras abandonamos la ciudad no podemos apartar la vista de los arcenes, llenos de niños uniformados que van al colegio, policías y militares y personas que van a hacer sus primeras compras del día en los pequeños puestos de madera que pueblan el paisaje. A medida que salimos de Bujumbura, una ciudad tranquila y ordenada, nos vamos sumergiendo en el Burundi rural, verde e imponente. En los valles que forman las interminables colinas se extienden plantaciones de té y pequeñas parcelas con mandioca, frijoles, palma aceitera y plataneros. A pesar de la exuberancia del paisaje, en las laderas pueden apreciarse signos de la erosión de la tierra, roja y arcillosa. Un síntoma de que, a pesar de la aparente fertilidad del país, la agricultura en Burundi no es fácil.

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Apenas nos cruzamos con dos o tres coches y alguna que otra moto en tres horas de trayecto, pero eso no significa que no tengamos compañeros de viaje. El camino está atestado de bicicletas, el medio de transporte más utilizado (en esta zona del país, principalmente por hombres) y de mujeres vestidas con telas de colores que caminan llevando en la cabeza las cosas más inverosímiles con una maestría de malabarista: cestos con vegetales y frutas, bidones de agua, azadas e incluso ¡muebles¡ Muchas de ellas llevan también a sus bebés a la espalda. De vez en cuando cruzamos pequeños pueblos, con sus casas de adobe y sus mercaditos de alimentación, que en la mayoría de las ocasiones no son más que pequeñísimos puestos donde la mercancía se exhibe sobre tablas de madera o telas desplegadas en el suelo.

Cuando salimos del asfalto para meternos en una pista de tierra, empezamos a oír la palabra más repetida del viaje: “musungu”, que significa “blanco”. De entre los árboles y las casas empiezan a salir niños, decenas de niños que nos miran con los ojos muy abiertos y corren detrás de nuestros coches hasta que llegamos a nuestro destino, la casa de Fainès, que nos recibe en su hogar junto a su familia. Nos acogen con alegría, y nos enseñan su casa, su establo, su parcela de tierra y sus cultivos. Y hablamos.

Fainès nos cuenta cómo, cuando en 1993 estalló una de las guerras que han marcado la historia reciente de Burundi, tuvo que salir del país después de que asesinaran a varios miembros de su familia. Cómo huyó, con su marido y sus dos hijos, sin poder llevarse nada. No había tiempo. Cómo se escondían por el día y corrían por la noche, para cruzar la frontera tanzana escapando del miedo, de la guerra y de la muerte. Cómo después llegaron más de diez años en un campo de refugiados, donde dio a luz a otros dos hijos. Allí la vida distaba mucho de ser fácil, pero no tenían opción. Cuando por fin en 2004 pudieron regresar a Burundi, se encontraron con que su casa había sido demolida y sus tierras quemadas. Con la ayuda de la cooperación internacional pudieron reconstruir su casa, pero sus tierras ya no eran iguales. Plantaban como antes, pero las cosechas eran escasas y apenas les daban para comer. Entonces oyeron hablar del programa de seguridad alimentaria gestionado por Oxfam e implementado por ONG locales. Los agrónomos del programa les enseñaron a mejorar sus técnicas de cultivo y, después de plantar el forraje necesario, obtuvieron también una vaca, en el marco de una cadena de solidaridad iniciada por el programa. Ellos recibieron la vaca de otra familia y, a su vez, entregaron la primera cría de su vaca a una tercera familia y así sucesivamente. Aquí, una vaca no es cualquier cosa. Es abono para mejorar la producción de los cultivos; es leche para alimentar a los niños; es dinero para poder permitirse cubrir sus necesidades básicas; y, en este caso, es un vínculo entre familias y personas a quienes su historia no ha puesto fácil confiar los unos en los otros

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Hoy Fainès tiene dos vacas, gallinas, una parcela de tierra que prospera y cinco hijos que pueden ir al colegio. Ha sido elegida por sus vecinos como lideresa de su comunidad, encargada de organizar los trabajos comunes, resolver problemas y disputas y contribuir a facilitar la convivencia en el seno de la comunidad. En sus ojos se ve su fortaleza y también cierta esperanza: hace diez años tuvo que empezar de cero y hoy sueña con que quizá algún día su familia podrá tener agua y electricidad en casa. En este proceso, ella puso las ganas, el valor , la fortaleza y su enorme capacidad de trabajo; el apoyo de la cooperación, en este caso del Gobierno Vasco, le dio el empujoncito que necesitaba. Después de conocer hay Fainès, me convenzo de que este apoyo ha merecido la pena.

2 comentarios

  1. Como Fainés, unas 350.000 personas huyeron de Burundi durante los 12 años que duró el conflicto. A su retorno la gran mayoría habían perdido total o parcialmente el acceso a la tierra y a otros factores de producción.
    La provincia de Makamba, zona de intervención del proyecto y donde vive Fainés, fue una de las principales zonas de acogida de los y las refugiadas retornadas, especialmente de Tanzania. Sólo entre los años 2000 a 2009 Makamba recibió a más de 123.000 personas. Personas que han tenido que empezar desde cero.

    Apoyos como el que ha recibido Fainés son necesarios y el contexto de crisis en Europa no puede convertirse en una excusa para reducirlos, sobre todo, cuando hay muchas otras alternativas, mucho más “productivas” para hacer frente a esa crisis.

  2. Como Fainés, unas 350.000 personas huyeron de Burundi durante los 12 años que duró el conflicto. A su retorno la gran mayoría habían perdido total o parcialmente el acceso a la tierra y a otros medios de producción.
    La provincia de Makamba, zona de intervención del proyecto y donde vive Fainés, fue una de las principales zonas de acogida de los y de las refugiadas retornadas, especialmente de Tanzania. Solo entre los años 2000 a 2009 Makamba recibió más de 123.000 personas.mpersonas que han tenido que empezar desde cero.
    Apoyos como el que ha recibido Fainés son necesarios y el contexto de crisis en Europa no puede convertirse en una excusa para reducirlos, sobre todo, cuando hay muchas otras alternativas, mucho más “productivas” para hacer frente a esa crisis.

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